¡Mzungu! ¡Toubab! ¡Obruni!
Si eres una persona blanca que ha viajado por algunas zonas de África, habrás oído estas palabras. Aunque no siempre tengan una intención negativa (muchas veces significan simplemente “persona blanca”) si conllevan una consecuencia importante: te etiquetan. Te definen. Muy a menudo… te incomodan.

Cada vez que oyes una de esas palabras, se desata una incomodidad. Para empezar, el recordatorio que no perteneces, que no importa cuanto tiempo estés (personalmente, viví allí 2820 extraordinarios días) siempre serás un forastero. Luego vienen las sonrisas y curiosidad, o las ideas preconcebidas sobre tu situación económica, tu posibilidad de viajar, o temas mucho más profundos como esclavitud, colonialismo o extracción de recursos.
Estos recordatorios constantes de “no pertenencia” , en nuestra sociedad se llamarían microagresiones, y las presunciones basadas en nuestra apariencia se llamarían discriminación.
Vivir ocho años de mi vida en esta situación me ha hecho sensibilizarme. Sentir la exclusión, la injusticia de una etiqueta y cuan pesado es acarrear preconceptos que no te representan, me ayudó a cuestionarme como podía ser más inclusivo.
Me hizo sentir el poder de las palabras.
En Europa, donde vivimos en una sociedad cada vez más diversa, a menudo me pregunto… ¿estamos usando palabras para incluir nuestras diferencias? ¿Cuantas expresiones comunes silencian a personas? ¿Podríamos elegir nuestras palabras para dar forma a una sociedad para todos?
Creo que podemos, de verdad.
Así que aquí empieza nuestro granito de arena. La divulgación de lenguaje inclusivo para fomentar la conexión, el respeto, la representación y la empatía
¡Usemos el poder de las palabras!
